Fisioterapia de las manos de una mujer en Ecuador

Ecuador

Mi profesor de ética preguntó cuál era mi frustración en la vida, alcé la mano y respondí: mi problema radica en que no encuentro barreras en la vida.

Vilma Carvajal nació en Guaranda, Ecuador. Nació en una ciudad conservadora, religiosa y donde la mujer tenía un papel muy limitado. Hay dos figuras que marcan su vida: su abuela y su madre. Su abuela era madre soltera con dos hijos, su única fuente de ingreso era la venta de dulces que ella misma elaboraba. De ella aprendió que las mayores cualidades en la mujer es ser libre y trabajadora. Su madre se casó a los catorce años y cumplió quince años siendo mamá. De ella aprendió que las hermanas no tenían porque quedarse en la casa cocinando y planchando para los hermanos; tienen que prepararse, ser abogadas o ir al congreso a debatir las leyes.

Cuando se graduó del colegio decidió que era hora de venir a Quito. Llegó al terminal terrestre llena de miedos, con una maleta y un colchón bajo el brazo. Quería estudiar medicina pero por el miedo de que sus seis hermanos no tengan educación decidió estudiar fisioterapia, una profesión que daba sus primeros pasos en Ecuador. Su lucha con la capital comenzó con hombres que le decían que ella pensaba menos, con libros de anatomía que no podía comprar y con una sociedad que no la creía lo suficientemente capaz. Vilma se  graduó de fisioterapista y tuvo la oportunidad de visualizar el mundo de la discapacidad. Desde ese momento ella se pregunta si es que una madre soltera, con un niño con capacidades especiales, excluida por la sociedad, con pocos recursos económicos, acusada de que su hijo es enfermo porque sus genes estuvieron mal, es capaz de salir adelante ¿ hay algo que la mujer no sea capaz de hacer?

Vilma logró que la fisioterapia en el Ecuador alcance los niveles de exigencia internacionales dados por la Confederación Mundial de Terapia Física y por la Confederación Latinoamericana de Terapia Física. Fue profesora de dos de las universidades más grandes del país, dice que decidió ser profesora porque el conocimiento tiene que ser universal, que tiene que transmitir lo poco que ha aprendido y que la docencia no tiene porque ser dada dentro de cuatro paredes. Junto con 180 estudiantes de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador de la carrera de terapia física sacó adelante un proyecto en la Amazonía ecuatoriana para atender a 1480 personas con discapacidades.

El mundo de la discapacidad es duro. No es fácil devolver las ganas de vivir a una madre que ha perdido las esperanzas, lidiar con exámenes de ADN que son desalentadores o con mujeres que luchan por encontrar el diagnóstico de sus hijos, pero dice que no hay nada más gratificante que el estar al servicio de los demás. Está casada con un veterinario que vino de provincia; no es fácil llevar una relación siendo una mujer que tiene su propio dinero, que tiene su profesión y que toma sus propias decisiones pero afirma que sí es posible y vale la pena. Actualmente tiene un centro de terapia física donde trabajan dos mujeres más y en el que se siente realizada como profesional y ser humano. Concluye diciendo que tiene que agradecer a la vida por haberle dado tanto, tanto que agradecer por haber nacido mujer.

Credito fotógrafo y camarógrafo: María Emilia Ortiz Mule

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